domingo, 2 de agosto de 2020

Tal vez no me veas de rodillas

Me vas a ver dentro de un templo, sentada hasta adelante, porque eso aprendí a hacer cuando algo me interesaba. Me vas a ver riendo de los chistes del sacerdote durante la homilía. Si no me ves en las primeras bancas, tal vez me encuentres en el coro, con o sin guitarra, cantando a todo pulmón, sonriendo, incluso cuando estoy llorando. A veces me verás en las últimas bancas, seguramente habré llegado tarde, pero desde ahí sigo con mi vista todos los momentos de la misa y sigo cantando con toda la potencia de mi voz. Me verás quedándome un rato más después de la bendición, que a veces también estoy ahí adentro cuando ya todos se fueron y pocas veces también me ha tocado cerrar. En un tiempo especial, me verás, junto con otros locos, llegando a primera hora de la mañana e irnos casi en la madrugada. Me vas a ver con ellos muchas veces, en las procesiones, en la hora santa, en misas y celebraciones de la Palabra.

Pero, también me verás comprando cerveza en el super, viendo caricaturas en mi habitación, leyendo a Baudelaire y Rimbaud, yendo a bailar un viernes en la noche y usando minifalda un día de calor. Me verás discutiendo con mi madre de puras trivialidades, postergando los pendientes para después y tomándome selfies en el carro antes de salir. Me verás tomar mi guitarra para cantar rock, trova o tiernas melodías. Y puede, incluso, que me veas un día salir con un muchacho que jamás has visto en misa.

Ya no me escondo de nadie, porque Dios siempre ha sabido lo que hago. Lo que hice, sí fue malo, mas peor fue tratar de ocultarlo. Hoy pido al cielo que me de ojos para verme tal cual soy, sin miedos ni prejuicios, sin máscaras ni vestidos, aceptarme en el paquete completo y clamar: ¡hazme, Señor, un vaso nuevo!

Tal vez no me hayas visto de rodillas una hora frente al Santísimo, ni aquellos momentos con los ojos hinchados haciendo fila para la confesión. Ha sido Cristo quien me acompañó cuando me odié, cuando me quebré, cuando la adultez me alcanzó muy pronto y cuando la inmadurez se aferraba a mi corazón. Me ha escuchado gritar y callar, me ha visto caminar, ha puesto su mano para librarme de mis propios tropiezos, puedo hablarle sin palabras porque conoce desde siempre mi duro corazón.

Me verás que estoy ahí, a jalones y estirones, pero ya sin más hipocresía, soy uno de esos pecadores por los que señalan a la Iglesia, trabajando día con día por desprenderme de mí, por abrazar la cruz y acompañar en el camino a quien me dio la vida, a quien me miró con amor. Quedarme al pie del cañón junto a Aquel para quien fui persona antes que mentirosa, mujer antes que promiscua, hija antes que forastera. Tal vez no me veas de rodillas, pero si te acercas a mí y quieres conocer mi historia, te hablaré de un ser humano que busca a Dios más allá del temor de la ley, una persona que encontró las respuestas que no halló en el mundo ni en la ciencia, las viene a descubrir poco a poco dentro de la Iglesia.

Para ti soy la oveja negra, para Él soy su hija.

Porque el amor es Dios

 El amor es paciente, es servicial... No toma en cuenta el mal, no se alegra de la injusticia, se alegra con la verdad... Hoy canto estas pa...